Paco Marqués
![]() |
Un bar aux Folies Bergère (1882) de Édouard Manet |
Cuenta Dan Graham que a la temprana edad de 14 años leyó por primera vez El Ser y la Nada de Jean-Paul Sartre. Este es un dato que repite con frecuencia en las entrevistas que realiza, lo que indica tanto el deseo por dejar clara su precocidad intelectual, como por evidenciar el origen de uno de los temas más recurrentes en su obra: mostrarnos a nosotros mismos en relación a los demás, mostrarnos siendo observados mientras observamos. Será a partir de la instalación realizada para la Bienal de Venecia de 1976, Public Space / Double Audience (obra seminal pero demasiado simple en opinión del propio artista), cuando decidirá hacer partícipe al paisaje, convirtiéndolo en agente activo en este juego dialéctico de construcción de la identidad individual y colectiva.
Si de un modo equivalente interpretamos el Espacio
Público como mediador entre el ego y la sociedad, podríamos concluir diciendo
que el papel de la arquitectura consiste en simular un juego de reflejos. Esta
cuestión es la que pretende hilvanar los distintos pensamientos convocados en
este texto, una pequeña colección de reflexiones sobre la capacidad de algunas
imágenes para devolvernos la mirada.
¿QUÉ
VEO CUANDO MIRO ALGO?
Las imágenes que proyecta la arquitectura,
las situaciones que posibilita, tienen la capacidad de provocar reacciones
emocionales basadas no sólo en la experiencia física sino también en las
asociaciones que cada uno construimos, tanto desde nuestra memoria personal
como colectiva. Frente a arquitecturas autorreferenciales que alentadas por
políticas de consumo reclaman su presencia en el mercado desde cierta
(equivocada) idea de novedad, prefiero aquellas capaces de formar parte de un
entramado cultural más amplio, de mantener un diálogo vivo con lo común, lo
compartido. Arquitecturas sin tiempo, en las que pasado, presente y futuro son
sólo aspectos parciales de una realidad única e indivisible.
Para poder aproximarnos a estas cuestiones de
un modo honesto (y productivo) es necesario esforzarse por reducir distancias
con la experiencia de lo vivido, de lo real. Tal y como apunta Perec es
fundamental cuestionar nuestros ritmos, nuestras costumbres, interrogar aquello
que creíamos saber hasta el punto de haberse vuelto invisible. Me estoy
refiriendo a lo común, a lo cotidiano, como sustrato sobre el que pensar lo
público desde la arquitectura.
RELACIONES
AFECTIVAS
El diseñador británico Jasper Morrison se
encontró, en el escaparate de una tienda de segunda mano de Londres, con unas
bonitas copas de vidrio soplado a mano que acabaron formando parte de su
colección. Poco a poco, a través del uso diario, empezaron a convertirse en
algo más que objetos agradables a la vista, y comenzó a sentir su presencia de
otro modo. Beber vino en una de estas copas resultaba más placentero que
hacerlo en cualquier otra. Su sola presencia sobre la mesa del comedor, incluso
estando vacías, parecía impregnar toda la estancia. Este tipo de experiencias,
extraordinariamente comunes (todos acumulamos recuerdos de relaciones similares
con todo tipo de objetos y lugares), le llevaron a hacerse la siguiente
pregunta: ¿cómo era posible que muchos diseños fallasen en el intento de atrapar
esta cualidad y unas copas ordinarias, no “diseñadas”, lo consiguiesen? A
partir de este momento comenzó a medir su trabajo en relación a objetos como
estos, sin importarle si el resultado era más o menos llamativo, más o menos
atractivo desde criterios meramente estéticos. De hecho, la búsqueda de cierta
invisibilidad comenzó a convertirse en un requerimiento, dejando de ser una
meta a alcanzar el dotar a dichos objetos de adjetivos como “especial”,
“singular” y “novedoso”. Se trataba de evitar añadir más ruido sobre nuestro
entorno, de posibilitar experiencias más satisfactorias en nuestro encuentro
con las cosas. “Supernormal” es la palabra clave con la que denomina la
filosofía sobre la que basa desde entonces su trabajo.
Podríamos rastrear en mil direcciones
búsquedas paralelas unidas por el deseo de resolver ese oxímoron imposible que
plantea Morrison. Una de ellas, traducida a la especificidad de la
Arquitectura, la encontramos en el texto En
busca de la arquitectura perdida, escrito por Peter Zumthor:
“Cuando me pongo a proyectar me encuentro
siempre, una y otra vez, sumido en viejos y casi olvidados recuerdos, e intento
preguntarme: qué exactitud tenía, en realidad, la creación de aquella situación
arquitectónica; qué significó entonces para mí, y en qué podría servirme de
ayuda tornar a evocar aquella rica atmósfera que parece estar saturada de la
presencia más obvia de las cosas, donde todo tiene su lugar y su forma justa.
En este proceso no deberíamos destacar, en absoluto, ninguna forma especial,
pero sí dejar sentir ese asomo de plenitud, y también de riqueza que le hace a
uno pensar: eso ya lo he visto alguna vez, y, al mismo tiempo, sé muy bien que
todo es nuevo y distinto, y que ninguna cita directa de una arquitectura
antigua revela el secreto de ese estado de ánimo preñado de recuerdos”.
EL
PELIGRO DE LA DISTANCIA
Asplund comentó en un texto de 1916 titulado
“Peligros arquitectónicos actuales para
Estocolmo: Los edificios de apartamentos” lo siguiente:
“La mayoría de los edificios de apartamentos
modernos parece querer hacerse notar en la imagen de las calles. A lo mejor
esto depende, en ocasiones, de la vanidad y deseo de publicidad del promotor.
Pero con la misma frecuencia ocurre que el arquitecto, cuando ha recibido el
encargo del proyecto, ha pensado: “Aquí vamos a hacer algo divertido”. Ha
conseguido el plano de situación y se ha ido a su casa, ha abierto un libro, y
ha empezado a hacer croquis y dibujar sin tener en cuenta la realidad. Por eso
muchos edificios de apartamentos modernos parecen ser meras ampliaciones de las
ilustraciones del estilo arquitectónico de moda en aquel momento”.
Por desgracia esta situación descrita por
Asplund resulta molestamente familiar. Nuestro objetivo debería ser luchar
contra ella, esforzándonos día a día por reducir la distancia que va de lo real,
lo vivido, a la mesa de trabajo. Tal vez un camino (si soy
sincero, creo que el único posible) sea centrar nuestra atención en las cosas,
en lo concreto, tal y como aprendimos de William Carlos Williams, de Calvino y
de tantos otros.
PROFESIÓN
POÉTICA
En el prólogo a su Poesía Completa, Jorge Luís Borges aplica a las letras el argumento
que el filósofo irlandés George Berkeley aplicó a la realidad. El sabor de la
manzana (declara Berkeley) está en el contacto de la fruta con el paladar, no
en la fruta misma; análogamente (dice Borges) la poesía está en el comercio del
poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un
libro. Lo esencial es el hecho estético, el thrill,
la modificación física que suscita cada lectura. Resulta fácil trasladar este
pensamiento al campo de la arquitectura, concluyendo que esta no es el edificio
construido, sino las relaciones que establecemos con él, a través de él. Mies
van der Rohe dijo en una ocasión: “la arquitectura es en un 90% construcción y
del 10% restante no quiero hablar”. Ese 10% representa la reclamación de una
necesaria dimensión poética, un alegato en favor de una arquitectura sin
retórica.
FAMILIARIDAD
Y EXTRAÑEZA
En su popular Canon Occidental, Bloom viene a identificar la extrañeza como la
cualidad distintiva de la obra canónica (según su propia acepción del término),
describiéndola como una forma de originalidad que, o bien no puede ser
asimilada, o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña
(Dante vs. Shakespeare) Como resultado, cuando uno se enfrenta a una obra
canónica por primera vez, experimenta la misteriosa sensación de sentirse
extraño en su propia casa.
Creo que la persistencia de dicha extrañeza,
la resistencia a ser acorralada por la convención, es una característica
inherente a toda gran obra (proporcional a su intensidad poética), lo que
explica que sigamos leyendo con interés estudios sobre la obra de Mies, de
Sullivan o de Fehn.
A modo de corolario propongo un paseo por la
Vicenza de Palladio, por el Federal Center de Chicago, por la sede del diario
Economist en Londres, por el cementerio de Estocolmo. Pasar una tarde de abril
en Central Park, acompañado de amigos.
No hay comentarios :
Publicar un comentario