Mostrando entradas con la etiqueta Textos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos. Mostrar todas las entradas

25.11.13

ALGUIEN TIENE QUE HACERLO

Amalia Bautista

Francesc Català-Roca, Barrenderos en Recoletos, Madrid, 1952.























La basura es igual
en todas las ciudades de este mundo.
La inmundicia es la misma,
la misma su textura pegajosa
e idéntico su brillo bajo el chorro
de la manguera.
Siempre mirando al suelo,
a veces descubrimos
los tobillos más dulces.
Y eso nos justifica la postura,
encorvada y servil,
durante algún minuto
de las largas jornadas.

Amalia Bautista. Falsa pimienta. Renacimiento. Sevilla, 2013

TENTATIVA DE AGOTAMIENTO DE UN LUGAR PARISINO

Georges Perec

Jacques Prevert fotografiado en Gueridon por Robert Doisneau, París, 1955.




























Hay muchas cosas en la Place Saint-Sulpice: por ejemplo, un ayuntamiento, una delegación de Hacienda, una comisaría de policía, tres cafeterías (una de ellas con estanco), un cine, una iglesia en cuya realización participaron Le Vau, Gittard, Oppenord, Servandoni y Chalgrin, dedicada a un capellán de Clotario II, que fue obispo de Bourges de 624 a 644 d. C., y cuya festividad se celebra el 17 de enero; una editorial, una empresa de pompas fúnebres, una agencia de viajes, una parada de autobuses, una sastrería, un hotel, una fuente decorada con las estatuas de los cuatro grandes oradores cristianos (Bossuet, Fénelon, Fléchier y Massillon), un quiosco de periódicos, una tienda de objetos piadosos, un aparcamiento, un instituto de belleza y muchas cosas más. 

Buena parte de esas cosas, si no la mayoría, ya han sido descritas, inventariadas, fotografiadas, explicadas o registradas. El propósito de este texto consiste más bien en describir lo demás: todo aquello que por lo general no se percibe, aquello de lo que no solemos darnos cuenta, lo que carece de importancia: lo que ocurre cuando no ocurre nada, solo el paso del tiempo, de la gente, de los coches y de las nubes.

DÍA 1

LA FECHA: 18 DE OCTUBRE DE 1974
(VIERNES)
LA HORA: 10.30 
EL LUGAR: TABAC SAINT-SULPICE 
EL TIEMPO: FRÍO SECO. CIELO GRIS. ALGUNOS CLAROS.

DÍA 2

LA FECHA: 19 DE OCTUBRE DE 1974 
(SÁBADO) 
LA HORA: 10.45 
EL LUGAR: TABAC SAINT-SULPICE 
EL TIEMPO: LLUVIA FINA, DEL TIPO LLOVIZNA

DÍA 3

LA FECHA: 20 DE OCTUBRE DE 1974 
(DOMINGO) 
LA HORA: 11.30 
EL LUGAR: CAFÉ DE LA MAIRIE 
EL TIEMPO: LLUVIOSO. EL SUELO ESTA MOJADO. CLAROS PASAJEROS.


Georges Perec. Tentative d’épuisement d’un lieu parisien. 
Publicado originariamente por Christian Bourgois éditeur, 1975. 
(Tentativa de agotamiento de un lugar parisino. Gustavo Gili. Barcelona, 2012. Traducción de Maurici Pla).

19.11.13

EL ESCRITOR

Robert Walser
Franz Kafka. Jinete y caballo. Técnica, formato, fecha y ubicación desconocidos.
El escritor escribe sobre lo que siente, oye y ve, o sobre lo que se le ocurre. Tiene por lo general muchas ideas nimias que no puede en absoluto utilizar, hecho que a menudo lo desespera. Por otra parte, a veces tiene infinidad de ideas útiles en la cabeza, pero ocurre que deja su propio capital inactivo porque, o bien no lo encuentra, o bien no tiene cerca a nadie con buenas intenciones que le llame desinteresadamente la atención sobre las riquezas que aún no ha descubierto. 

Un buen día, a los periodistas conspicuos se les puede ocurrir animar a uno de estos escritores a que les mande, cuando crea oportuno, una prueba de su arte. En este caso el escritor se sentirá feliz sobremanera, tendrá motivos suficientes para no caber en sí de la alegría, y enseguida se dispondrá a satisfacer con la mayor escrupulosidad posible los deseos que han llamado a su puerta. A tal efecto, se pone en primer lugar la mano en la frente, se coge de los pelos, que suele tener a manta, se pasa el dedo índice ligeramente por la nariz, se la agarra quizás un poquito, se muerde los labios, pone a la vez cara de determinación y de frialdad e indiferencia, limpia la pluma, se sienta en la silla como es debido, frente al antiguo escritorio, suspira y se pone a escribir.

La vida de un escritor como Dios manda tiene siempre sus dos caras: el lado oscuro o los aspectos negativos de la vida, y el lado visible o los aspectos favorables; dos escenarios, un lugar en el que sentarse y otro en el que estar de pie; dos clases: una primera y otra insípida de cuarta. El supuestamente alegre oficio de escritor puede ser muy penoso, en ocasiones muy aburrido, muchas veces incluso peligroso. El hambre y el frío, la sed y la estrechez, las humedades y la sequía han sido siempre, en todas las épocas históricas y de la cultura, fenómenos conocidos en la variada vida de los “héroes de la pluma” y lo seguirán siendo probablemente también en el futuro. Pero no menos sabido es que hay escritores que han ganado fortunas, construido villas palaciegas en las inmediaciones de algún largo y vivido rebosando buen humor. 

El escritor como Dios manda es alguien que está al acecho, un cazador, alguien armado con escopeta, que busca y encuentra, una especie, en definitiva, de Ojo de Halcón que vive permanentemente a la caza. Acecha los acontecimientos, persigue las rarezas del mundo, busca lo extraordinario y verdadero, y aguza los oídos cuando cree oír el ruido que anuncia la llegada no precisamente de caballos indios al galope, sino de nuevas sensaciones. Está siempre a punto, siempre dispuesto a atacar por sorpresa. Si llega paseando una belleza inocente y desprevenida, vestida a poder ser como una campesina, el escritor sale de su escondrijo y atraviesa el corazón de la dama, que había salido a pasear sola, con su afilada pluma, impregnada del terrible veneno que es el don de la observación.

No obstante, por lo general entiende también de cosas feas y espantosas y no se arrendra ante el delito típicamente infantil de escribir y compone versos, motivo por el que en rigor se ganó, como es sabido hoy mejor que nunca, unos años de reclusión en un correccional. En todo momento y a la mínima ocasión ha metido su ávida nariz en todo cuanto ha podido, y lo cierto es que no deja de husmear. En eso, precisamente en eso, suele decirse, consiste la noble tarea del escritor aplicado y concienzudo. Siempre tiene abiertas las hojas de la ventana de su nariz, él husmea, olisquea y se cree con el deber de desarrollar la sensibilidad de su buen olfato hasta la más aguda perfección.

Un escritor no lo sabe todo –sólo los dioses, como se sabe, lo saben todo–, pero todo sabe algo, e intuye cosas que ni su majestad el káiser, desde sus alturas, es capaz de vislumbrar. Llegó al mundo con una guía que le indica en todo momento la dirección que debe seguir en sus pensamientos para advertir lo sospechoso y lo casi inconcebible. Se ocupa de todo cuanto hay de interesante y digno de ser aprendido en el mundo, y alberga el firme convencimiento de que es provechoso para él y los demás. Si experimenta, por pequeño que sea, un enriquecimiento interior, se siente obligado a verter al papel este incremento, este plus, sin la menor dilación: no espera ni tres horas. Me gusta su manera de proceder. Indica que es hombre que  que busca el bien a toda costa, un hombre al que le parece inicuo ir acumulando experiencias sin compartir algunas con el resto de los mortales. Es, por consiguiente, lo contrario de un avaro que lo guarda todo para sí.

¿Qué hombre, en este siglo de hedonismo y arribismo, se siente servidor de la humanidad, solícito amigo de los pobres, si no el escritor? Tiene motivos, pues siente que, desde el momento en que sólo pensara en su propio y único provecho, se acabaría su vena creadora. Hay un no sé qué misterioso que lo envuelve siempre y lo obliga a ser un altruista. Se sacrifica, pues ¿para qué vivir si no? Cuando los otros se ríen porque a él se le llenan los ojos de unas lágrimas claras y hermosas, permanece, humilde, en la penumbra, preocupado con la tarea que le susurra al oído: estudia esta alegría, retén en la memoria el sonido de este contento, para que luego, al llegar a casa, puedan describirla y retratarla con palabras. 

Al escritor se le suele tildar en vida de personaje ridículo; sea como fuere, es siempre una sombra, está siempre aparte, ajeno al inefable placer de estar en el meollo, placer del cual disfruta el resto de la gente; sólo es importante cuando escribe sin descanso, es decir, a escondidas. Así era, poco más o menos, la escuela en que, entre humillaciones y privaciones de toda clase, aprendió el ejercicio de la modestia. En las relaciones con las mujeres, por ejemplo: hay que ver cómo el escritor, aunque ambiciona mucho y se conmueve por la causa y como servicio está, se ve obligado a recatarse hasta el punto de, a menudo, resultar vergonzoso para su reputación como hombre y ser humano. Ahora empiezo a comprender por qué la gente no vacila en llamar al escritor un “héroe de la pluma”. Es un apelativo trivial, pero verdadero. Todo lo vive para sus adentros, es carretillero, restaurador y camorrista, cantante, zapatero y dama de salón, mendigo, general, aprendiz de banca y bailarina, madre, hijo, padre, estafador, amante y creador. Él es el claro de luna y el murmullo de la fuente, la lluvia y el calor de las calles, la playa y el barco de vela. Es quien pasa hambre y quien se empacha, el fanfarrón y el predicador, el viento y el dinero. Es la moneda de oro sobre el contador cuando escribe: “y ella (una condesa polaca) cuenta el dinero”. Es el rubor en las mejillas de la mujer a la que siente que ama, el odio del mezquino rencoroso; en suma, él es y debe serlo todo. Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo; refugiarse cual amante, con cuidado, en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no de todas. Se olvida a sí mismo cada vez que escribe la primera palabra, y cuando ha dado forma a la primera frase no quiere saber nada de sí. Supongo que todo eso habla a su favor.

Robert Walser. La habitación del poeta. Siruela. Madrid, 2005.
Traducción de Juan de Sola Llovet.

EN RELACIÓN A LOS NUMEROSOS EDIFICIOS

Gordon Matta-Clark


Alvin Baltrop, Untitled (de la serie Pier Photographs), 1975-1986.
Muy Sr. Mío:*

En referencia a los numerosos edificios de la ciudad que está previsto demoler, creo que sería posible utilizarlos durante este período de espera. Hace poco llamé al señor ¿Jones?, del Departamento de Bienes Inmuebles, para interesarme por la posibilidad de alquilar un edificio o una parte de un edificio al Ayuntamiento. Me sugirió que le escribiera para exponerle mis necesidades.

Me muevo en varios ámbitos. Como artista, me dedico a la escultura utilizando residuos procedentes tanto de la tierra como de la gente. Pretendo convertir espacios en desuso, como bloques de escombros, solares o vertederos, en zonas útiles y bellas. Por otra parte, impulsé y dirigí, con el apoyo de Alanna Highstein [sic], una exposición de escultura bajo el puente de Brooklyn que funcionó muy bien: no sólo despertó el interés de los artistas por las zonas abandonadas de Nueva York, sino que también resultó muy provechosa para el barrio. Los niños quedaron fascinados por las obras, por la gente y por las ideas, e hicieron todo tipo de comentarios sobre las esculturas que les gustaría hacer.

Canalizar la energía y el interés de los jóvenes por el arte es uno de mis objetivos. Hasta el momento he organizado varias exposiciones colectivas de gran interés para los artistas neoyorquinos y creo que pueden conseguirse muchas cosas presentando a artistas que estén dispuestos a trabajar con un grupo organizado de jóvenes.

Por todo ello, necesito una de las dos cosas que indico a continuación, o ambas:

(1) Un espacio industrial en planta baja de unos 225-325 metros cuadrados, con agua fría y posibilidad de conexión a la red eléctrica. No es necesario que haya calefacción ni ventanas. Un almacén o algo similar sería ideal. En realidad, hay uno que se llama Lash Iron Works en el 72 de Pike Street, cerca del puente de Manhattan, que ha sido declarado ruinoso y sería perfecto para el trabajo que pretendo desarrollar.

(2) Un pequeño edificio comercial o residencial, quizá de 3 o 4 plantas, que podría utilizar en su totalidad para un proyecto artístico que principalmente supondría limpiarlo y luego utilizarlo como sala de exposiciones para muestras colectivas o como equipamiento público (para formar a jóvenes y trabajar con ellos).

Vivo y trabajo en la parte baja de Manhattan. Cualquier cosa que estuviera por debajo de la calle Houston, en el lado este u oeste, sería ideal. No puedo pagar mucho, pero estaría dispuesto a alquilar algo por meses y a cumplir con cualquier normativa que me indiquen.

En cierto sentido, me resulta difícil escribir esta carta, porque mi trabajo es muy flexible. Puedo adaptarme prácticamente a cualquier cosa que tenga disponible. Si necesita más información o datos más concretos, no dude en ponerse en contacto conmigo.

A la espera de una pronta respuesta, le saludo atentamente.

* Carta dirigida a Harold Stern, oficial de la ciudad de Nueva York.
Cuaderno 1261, c. 1970.
AA.VV. Gordon Matta-Clark. Obras y escritos. Central Nacional de Arte Reina Sofía. Madrid, 2006.

6.11.13

MANIFIESTO ARTE/FLUXUS

George Maciunas


Ben Vautier interpretando a George Maciunas. Flux Festival, Fluxhall, Nueva York, 1964.
ARTE

Para justificar el estatus elitista, profesional y parasitario del artista en la sociedad, debe demostrar la indispensabilidad y exclusividad del artista, debe demostrar la dependencia del público con respecto a él, debe demostrar que nadie más que el artista puede hacer arte.

Por lo tanto, el arte debe parecer complejo, pretensioso, profundo, serio, intelectual, inspirado, habilidoso, significativo, teatral, debe parecer calculable como una mercancía, de modo que le proporcione
un ingreso al artista.

Para elevar su valor (el ingreso del artista y la ganancia de sus patrocinadores), el arte se hace para que parezca raro, de cantidad limitada y por lo tanto obtenible y accesible sólo para la élite social y las instituciones.

FLUXUS ARTE-DIVERSIÓN

Para establecer el estatus no profesional del artista en la sociedad, debe demostrar la dispensabilidad e inclusividad del artista, debe demostrar la autosuficiencia del público, debe demostrar que todo puede ser arte y cualquiera puede hacerlo.

Por lo tanto, el arte-diversión debe ser simple, divertido, no pretencioso, preocupado por las insignificancias, que no requiera habilidades o ensayos
interminables, que no tenga valor ni institucional ni como mercancía. El valor del arte-diversión debe reducirse haciéndolo ilimitado, producido en masa, obtenible por todos y eventualmente producido por todos.

El arte-diversión fluxus es la retaguardia sin ninguna pretensión impulso de participar en la competencia de “llegar a otro nivel” con la vanguardia. Apela por las cualidades monoestructurales y no teatrales del evento natural simple, un juego o una broma. Es la fusión del Vaudeville de Spike Jones, la broma, los juegos de niños y Duchamp.

Manifesto on Art / Fluxus Art Amusement. George Maciunas, 1965.

21.10.13

LO HUMILDE Y LO SUBLIME: APOLOGÍA DE LOS CARAMELOS

Juan Antonio González Iglesias


Gabriel Orozco. Isla dentro de la isla.
Sorprende ver que muchos liberales y progresistas funcionan en estética como verdaderos conservadores, cuando no como auténticos reaccionarios. No ocultan su suspicacia ante cualquier otra fórmula que no se atenga al canon tradicional de las Bellas Artes. Lo que no puede ser –afirman– es que la manoseada posmodernidad proponga como lema el “todo vale”, y que cualquiera pueda hacer una obra de arte. En el fondo de esa actitud asoma la legítima desconfianza de la razón ilustrada frente al Romanticismo y después frente a las Vanguardias. Muy en el fondo, es la desconfianza de los apolíneos frente al retorno incesante de la irracionalidad dionisíaca. Mi apología va a intentar demostrar que en gran medida esa desconfianza (que les niega un conocimiento y un placer estético de primera calidad) no tiene sentido hoy.

¿Cuál es el paisaje después de las batallas? Resistente a los intentos de dinamitarlo, sigue en pie el sublime palacio de las Bellas Artes, con todas sus estancias. Pero lo rodea un bosque infinito, sin fronteras, sin géneros, sin jerarquías, llamado arte. Con una minúscula que resulta menos pretenciosa y de mayor alcance. En esa minúscula inmensa, ¿todo vale? Como propuesta, sí. Que otros decidan después. En principio, ningún material, ningún formato, ninguna persona puede ser excluida porque no se atenga a lo que hubo en el pasado. “Amo todas las formas y toda la belleza”, escribió Nijinsky.

Para sustentar mi apología he elegido a uno de los mejores artistas del siglo XX: Félix González-Torres, norteamericano de origen cubano (1957-1966). Una de sus obras más bellas es una instalación que consiste en dos relojes de pared, circulares y simples, como los que se encuentran en cualquier oficina. Marcan la misma hora. Pasarían desapercibidos, a no ser por algo raro, que los sustrae por exceso a su función común: son dos y están juntos. Es Untitled (PerfectLovers), de 1991. Son (eran) el artista y su compañero. Simbolizaba la igualdad de sexo entre los dos enamorados, aunque eso era secundario, y podían retratar a cualquier pareja de amantes perfectos. Lo importante es que, por muy sincrónicos que fueran, nunca marcarían exactamente la misma hora. Y sus pilas no se acabarían a la vez. Uno de ellos se detendría antes. Esa instalación, tan simple, con materiales tan humildes, era y sigue siendo una inmensa declaración de color, de amor y de ternura. Para colgar dos relojes circulares en una pared habían tenido que pasar muchas cosas en la historia del arte del siglo XX. Vanguardias, abstracto, arte povera, arte pop. Previamente, una implicación tan grande del yo que sufre y que ama no podría haberse dado sin el romanticismo. Pero la humanidad colmada del poeta (a estas alturas nadie discutirá que ése es el nombre que merece este artista) está en la más pura tradición clásica. ¿Cuál es el dolor que proclama? De manera general, el de la muerte. En los relojes clásicos se leía (referido a las horas): “Todas hieren, la última mata”. Ovidio en las Metamorfosis narra cómo una pareja de amantes perfectos pidió a los dioses un solo deseo: “Morir los dos a la vez”. González-Torres se angustiaba porque eso no fuera a cumplirse. La instalación fue profética y sigue siendo elegíaca.

Imagino lo que alguno de estos refractarios diría si viera varios montones de caramelos tirados en el suelo. González-Torres logró en ellos unas cimas humildes del arte contemporáneo. Varias de estas instalaciones son retratos: consisten en un número indeterminado de caramelos, con el mismo peso de la persona retratada. Uno no sabe si es mayor la belleza conceptual o la formal. En un rincón de una casa o de un museo, uno puede encontrarse una pequeña montaña resplandeciente (azul, blanca, plateada, o multicolor como una fiesta). Los envoltorios de celofán tienen un cromatismo comparable al de las pinceladas o las teselas. En uno de los retratos, cada envoltorio azul lleva escrita la palabra Pasión. El más logrado a mi juicio es Loverboy, de 1991, otro retrato del artista y su amado, con su peso conjunto. ¿Es el grado máximo de abstracción o el de concreción? Aquí el arte llega a unos extremos comunicativos que sólo se habían conseguido en la comunión del rito católico. Aceptada la metáfora que hace del montón de caramelos en un cuerpo (o dos cuerpos entrelazados de manera casi molecular, por células, por partículas), el espectador deja de ser el que mira. Puede tomar los caramelos, llevárselos y saborearlos. Corresponde a la institución o al propietario reponer ese peso ideal. Las partículas físicas (de color, sabor, peso y cuerpo) son metafóricas, átomos simbólicos que el artista y el receptor manejan según sus preferencias, hasta el punto de hacerlos cuerpo de su cuerpo. Hay otras instalaciones de caramelos a las que González-Torres dio un significado político o moral, vinculado con reinvidicaciones homosexuales o pacifistas. En los autorretratos en pareja el artista consiguió una comunicación amorosa e íntima con las personas que se acercaban a su obra. Así salvó las limitaciones que el sida le imponía. La obra de arte no sólo vence al olvido y la muerte, sino que ya entonces venció a la enfermedad que marginaba al artista. Algunos pondrán en cuestión esas victorias acusando, una vez más, a las instalaciones de arte efímero, como si no hubiera existido el barroco y su arquitecturas perecederas que pasaron dejando una memoria gloriosa. Cuando el arte contemporáneo se abre a lo efímero, está ajustándose a la escala humana, en el tiempo y en el espacio. En el arte clásico (en el que incluyo al romántico) había una constante aspiración a lo sublime. Un montón de caramelos son un material pobre. Vienen de un universo infantil. Que su semejanza con el retratado se base en el peso es quizá demasiado corporal para los amantes del intelecto puro. Acumular caramelos es un acto humilde. Por derivar de humus, humilde es lo que está a ras de tierra. Félix González-Torres ponía estas instalaciones directamente sobre el suelo. En el arte clásico había siempre un punto pretencioso. “He levantado un monumento que durará más que el bronce”, escribió Horacio. Aquí no hay bronce, ni granito, ni hormigón. Ni siquiera hay estatuas y menos peana (como reivindicaba Álvaro García para su poesía en La Generación del 99).

Sería una pena que las formas más recientes del arte contemporáneo se desgastaran en querellas que son de otros siglos: antiguos contra modernos en el XVIII; románticos contra clásicos en el XIX; vanguardia contra tradición; figurativo contra abstracto en el XX. De las más recientes, sabemos que enmascaraban luchas por el poder o por el dinero, dos valores que no son los del artista. Las otras han sido subsumidas en una tradición común. Los retratos de caramelos, o los relojes, ¿son de arte figurativo o abstracto? ¿Vanguardia o tradición? ¿Es clásico o romántico? Las viejas preguntas han dejado de ser pertinentes. Es todo eso a la vez. El hombre de letras, no puede cerrar sus ojos a estos lenguajes, como si no estuviera adiestrado en el arte de la metáfora. Como en el Renacimiento, vivimos asediados por emblemas morales, por enigmas, por conceptos. Eso son estos caramelos, lleven o no inscrita la palabra pasión, y eso son los relojes. Es una muestra del vigor de la tradición clásica. Una vez más hay que decir que en arte tradición no significa conservadurismo. Un montón de caramelos en el suelo, como retrato de una persona: ¿cualquiera puede hacerlo? Claro que sí. Puede hacerlo cualquiera que sea capaz de realizar una operación metafórica de esa envergadura. El oficio y la destreza para la que debe estar preparado un artista es la metáfora. Lo sublime puede decirse mediante lo humilde, tampoco eso es noticia (que Dios se hiciera niño y naciera en un pesebre fue el fundamento teórico para que el cristianismo primitivo trastornara la literatura y el arte clásicos, como ya demostró Auerbach).

Nada incomoda más a los aristócratas y a los burgueses del arte que la aventura democrática de algunas propuestas artísticas. Octavio Paz (el mejor Octavio Paz) dijo que en el universo sólo existe una unión comparable a la que se da entre la metáfora y su objeto: la que enlaza a los amantes en el abrazo absoluto. Cualquiera puede hacer una obra de arte porque cualquiera es capaz de amar, así de simple. Y concluyo: en un libro recién publicado, Nevada, encuentro un poema dedicado a la memoria de Félix González-Torres. Es de Julián Rodríguez, un poeta joven, novelista y buen conocedor de la estética. El poema se titula Futuro. Por algo será.

ABC Cultural. 10 de febrero de 2001.

UN NIÑO EN UNA CALLE DE SEVILLA

Manuel Chaves Nogales

Helen Levitt. New York, ca. 1940.






































Juan es un niño atónito, que cuando asoma por las tardes al portal de su casa con el babadero recosido y limpio, llevando en las manecitas la onza de chocolate y el canto de pan moreno que le han dado para merendar y contempla el abigarrado aspecto de la calle desde la penumbra del zaguán, se siente sobrecogido por el espectáculo del mundo, y se queda allí un momento asustado, sin decidirse a saltar al arroyo. Cuando, al fin, se lanza a la aventura de la calle, lo hace tímidamente, pegándose a las paredes, con la cabeza gacha, la mirada al sesgo, callado, paradito, atónito.

 Juan es muy poquita cosa, y la calle, en cambio, es demasiado grande, tumultuosa y varia. Es una calle tan grande y tan varia como el mundo. Es una calle tan grande y tan varia como el mundo. Juan no lo sabe, pero la verdad es que él quisiera callejear libremente, ser amo de la calle es tan difícil como ser amo del mundo. Los niños que no se asustan en una calle como aquella y a fuerza de heroísmo la dominan, podrán dominar el mundo cualquier día. En todo el día no hay más de lo que hay en aquella calle de Juan; ni más confusión, ni peores enemigos, ni peligros más ciertos.

Vive Juan en una casa de la calle Ancha de la Feria –la casa señalada con el número 72–, en la que ha nacido. Nacer en la calle Ancha de la Feria y encararse con la humanidad que hierve en ella apenas se ha cansado uno de andar a gatas y se ha levantado de manos para afrontar la vida a pecho descubierto, es una empresa heroica, que imprime carácter y tiene una importancia extraordinaria para el resto de la vida, porque súbitamente la calle ha dado al neófito una síntesis perfecta del Universo. Los sevillanos, que son muy vanidosos, advierten la importancia que tiene esto de haber nacido en la calle Ancha de la Feria y lo exaltan. Es algo tan decisivo como debió de serlo nacer en Atica o entre los bárbaros. Lo que no saben los sevillanos –y si se les dijese no lo creerían– es que tan importante como haber nacido en la calle Ancha de la Feria es nacer en cualquiera de las quince o veinte calles semejantes –no son más– que hay por el mundo. Calles así hay en París, en los alrededores de Les Halles, en cuatro o cinco ciudades de Italia, sobre todo en Nápoles, y aún en Moscú, allá por el mercado de Smolensk. Hasta quince o veinte en el vasto mundo. Aunque los sevillanos no quieran creerlo.

Estas calles privilegiadas son el ambiente propicio para la formación de la personalidad, el clima adecuado para la producción del hombre, tal como el hombre debe ser. Son esas calles que milagrosamente llevan varios siglos de vida intensa, sin que el volumen de su pasado las haya envejecido; son viejas y no lo parecen; sin que se les haya olvidado nada, viven una vida actual febril y auténtica, vibrando con la inquietud de todas las horas; en cada generación se renuevan de manera invisible y naturalísima: a las tapias del convento suceden los paredones de la fábrica, el talabartero deja su hueco al stockista de Ford o Citröen, en el corralón de las viejas posadas ponen cinematógrafos y por la calzada donde antes saltaban las carretelas zigzaguean los taxímetros.

Esta evolución constante les da una apariencia caótica por el choque perenne de los anacronismos y los contrasentidos. Ya ha surgido el gran edificio de las pañerías inglesas, y aún hay al lado un ropavejero; todavía no se ha ido el memorialista y ya está allí empujándole a morirse la cabina de teléfono público; junto a la Hermandad del Santísimo Cristo de las Llagas está el local del sindicato marxista; aún no se ha arruinado del todo el señorito terrateniente y ya quieren comprarle la casa para edificar la sucursal de un banco; los quincalleros, con sus puestecillos ambulantes, disputan la calzada a los raíles del tranvía; los carros de los entradores del mercado llevan su paso moroso a los automóviles que vienen detrás bocineándoles inútilmente; los pajariteros tapan las bocacalles con sus murallas de jaulas; tapizan las aceras los vendedores de estampas y libreros de viejo; los taberneros sacan a la calle sus veladores de mármol y sus sillas de tijera; en las esquinas hay grupos de campesinos y albañiles sin trabajo que toman desesperadamente el sol, y mocitos gandules y achulados que beben vasos de café y coitas de aguardiente; los chicos se pegan y apedrean en bandadas, gruñen las viejas, presumen las mozuelas, discuten las comadres, los perros merodean a la puerta de las carnicerías y el agua sucia y maloliente corre en regatos por el arroyo. Todo está allí vivo, palpitante, naciendo muriendo simultáneamente. Y así, en Sevilla como en París y en Nápoles y en Moscú.

"La calle es una buena síntesis del mundo. Lo que intuitivamente aprende el niño que se ha criado en su ámbito tumultuoso tardarán mucho tiempo en aprenderlo los niños que esperan a ser mayores en la desolación de los arrabales recientes o en el fondo de los viajes parques solitarios."
Juan Belmonte, matador de toros (1970). Alianza. Madrid, 1995.

14.10.13

RELATOS DE ESPACIOS

Michel de Certeau

Dos puntos y cinco letras. Acción para el Museo de Bellas Artes de Castellón. Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón, 1999. Fotografía de Luis Asín. 
Metáforas

En la Atenas contemporánea, el transporte público se llama metaphorai. Para ir al trabajo o volver a casa, se toma una “metáfora”, un autobús o un tren. Los relatos podrían también adoptar este nombre evocador: cada día, atraviesan y organizan los lugares, los seleccionan y los reúnen, hacen de ellos frases e itinerarios. Son recorridos de espacios.

Desde este punto de vista, las estructuras narrativas tienen el valor de sintaxis espaciales. Con toda una panoplia de códigos, de conductas ordenadas y de controles, regulan los cambios de espacio (o las circulaciones) efectuadas por los relatos bajo la forma de lugares alineados en serie o entrelazados: de aquí (París), vamos  allí (Montargis); este lugar (una habitación) contiene otro (un sueño o un recuerdo) etc. Aún más, representados en descripciones o bien escenificados por actores (un extranjero, un ciudadano, un fantasma), estos lugares se encuentran enlazados unos con otros de manera más o menos estrecha o fácil por “modalidades” que especifican el tipo de pasaje que conduce del uno al otro: el tránsito puede consistir en una modalidad “epistémica”, relativa al conocimiento (por ejemplo: “es incierto que aquí sea la Place de la République”) o “alética”, relativa a la existencia (por ejemplo: “el país de Jauja es una estación término improbable”; o “deóntica”, relativa a la obligación, por ejemplo: a partir de aquí, debe cruzar hasta allí”)… Entre muchos otros, estos ejemplos esbozan tan sólo con qué sutil complejidad los relatos, cotidianos o literarios, son nuestro transporte público, nuestras metaphorai.

Todo relato es el relato de un viaje, una práctica del espacio. Así, concierne a las tácticas cotidianas, es una parte de ellas, desde el abecedario de la indicación espacial (“a la derecha”, “gire a la izquierda”), inicio de un relato en el que los pasos escriben lo que sigue, a las “noticias” diarias (“Adivina a quién me he encontrado en la panadería”), al “diario” televisado: (“Teherán: Homeini cada vez más aislado…”), a las leyendas (las cenicientas en las chozas) y a los relatos contados (recuerdos y narraciones de países extranjeros o de pasados más o menos lejanos). Estas aventuras narradas, que simultáneamente producen geografías de acciones y derivan hacia los lugares comunes de un orden, no constituyen tan sólo un “suplemento” de los enunciados peatonales y de la retórica caminatoria. No se contentan con desplazarlos y trasladarlos al campo del lenguaje. De hecho, organizan el movimiento. Hacen el viaje, antes, o mientras los pies lo ejecutan. 

Espacios y lugares

Como punto de partida hago una distinción, entre espacio y lugar, que delimitará un campo. Un lugar es el orden (el que sea) a partir del cual unos elementos se distribuyen según una relación de coexistencia. Se excluye, pues, la posibilidad de que dos cosas se encuentren en el mismo lugar. La ley de lo “propio” impera: los elementos considerados están unos al lado de otros, cada uno situado en un lugar “propio” y distinto que él mismo define. Un lugar es entonces una configuración instantánea de posiciones. Implica una indicación de estabilidad.

Existe el espacio a partir de la toma en consideración de vectores de dirección, de cantidades de velocidad y de la variable tiempo. El espacio es un cruce de móviles. Se halla en cierta manera animado por el conjunto de movimientos que en él se despliegan. El espacio es el efecto producido por las operaciones que lo orientan, lo circunstancian, lo temporalizan y lo llevan a funcionar como una unidad polivalente de programas conflictivos o de proximidades contractuales. En relación al lugar, el espacio es lo que deviene la palabra cuando se dice, o sea cuando es tomada en la ambigüedad de un efectuarse, transformada en un término dependiente de múltiples convenciones, situado como el acto de un presente (o de un tiempo), y modificado por las transformaciones debidas a proximidades sucesivas. A diferencia del lugar, no se dan entonces ni la univocidad ni la estabilidad de un “propio”.

En suma, el espacio es un lugar practicado. Así, la calle geométricamente definida por el urbanismo es transformada en espacio por los paseantes. De la misma forma, la lectura es el espacio producido por la práctica del lugar que constituye un sistema de signos; un escrito.

ACCIONES COMUNES

Miradas e intervenciones urbanas desde el arte y la arquitectura
John Baldessari, Terms Most Useful In Describing Creative Works Of Art, 1966.

En 1968 el artista norteamericano John Baldessari establecía sus Términos más utilizados para definir trabajos creativos en el arte, plasmando con pintura acrílica sobre un lienzo las que, según él, eran las palabras capaces de explicar esta práctica en el siglo XX. En realidad él no las pensó, ni siquiera las pintó, se limitó a buscar en libros de arte cuáles eran las acciones más repetidas y, a continuación, se las dictó a un cartelista que fijó en la tela aquellos verbos, como una versión alternativa de la historia del arte; pura acción, acaso la única certeza que el arte había producido en el devenir de ese siglo.

La arquitectura podría ser sintetizada de un modo parecido, a través de las acciones que convoca, más allá de intenciones o retóricas. Un proyecto de arquitectura puede enunciarse como un catálogo de verbos, sucesión de actuaciones establecidas en un lugar concreto que desencadena otra serie de actos por parte de los habitantes; una suerte de ley de Newton actualizada por la que las acciones desplegadas por la arquitectura conllevan reacciones ciudadanas.

Casi a la vez que Baldessari conjugaba su acopio de términos, otro artista, Richard Serra, publicaba una lista de infinitivos que precisaba la relación de acciones que se pueden aplicar a la materia, un manual para un escultor, o cualquier creador, de aquello que puede llegar a hacer; en el centenar de acciones de Serra se condensa la práctica escultórica de la humanidad, la que fue y también la que pudiera llegar a ser. El comienzo de un proyecto de arquitectura en la ciudad también podría sintetizarse en la simiente de un glosario de expresiones que indicasen diversos modos de proceder, apilar, sustraer, plegar..., que se enraizaran o ramificaran luego en nuestras calles; todo proyecto es una metamorfosis de la materia.

En la misma fecha que Baldessari, otro artista contemporáneo, Carl André, realizaba un ejercicio parecido, Palabras para mi trabajo, una sucesión sustantiva que explicaba su obra: se trataba de una personalización subjetiva, y por tanto un enriquecimiento complementario de la frialdad intelectual que podría achacarse a la potencia conceptual de la cuestación de Baldessari. Entre estas listas nos movemos todos, artistas, arquitectos, y en definitiva, habitantes de la ciudad, escenario palpitante que transformamos con nuestras miradas, pensamientos, y acciones comunes.

Proyectar la arquitectura de la ciudad, suma de múltiples acciones, requiere de una taxonomía operativa de funciones: algunas podrían referirse a los reacciones que genera la arquitectura al entrar en contacto con el medio, como en el inventario de Baldessari, otras a la transformación que causa en la materia, reciprocidad de nuestras ideas, al igual que en el catálogo de Serra, y otras, como en la lista de André, a nuestra implicación vivencial y comprometida, todo artista desea estar siempre a los dos lados de una línea inexistente, creando y al mismo tiempo, viviendo. Y así pasamos del pensamiento a la acción. Por ello, este conjunto de acciones se entrelaza con las maneras de ocupar el espacio o relacionarse con el nivel que ocupa el ser humano, como aquel otro listado que redactase en 1991 el arquitecto Steven Holl, en el que a partir de las posiciones básicas de un volumen respecto al plano terrestre, establecía múltiples derivadas que demostraban que la arquitectura es una suma de acciones diversas y complejas en relación con la tierra y el cielo.

En el espacio de todos, el modo en el que vivimos se transforma cada día en función del uso que hacemos de él, en palabras de Walter Benjamin: “en estos espacios construcción y acción se compenetran, ninguna situación pareciera intentar ser para siempre, ninguna forma declara de este modo y no de otro”. Desde la mirada a nuestro espacio común,, quisiéramos proclamar la fructífera convergencia de la práctica artística y arquitectónica, y definir ambas en continuidad como una acumulación de acciones colectivas en un lugar. Artistas, arquitectos, ciudadanos, estamos interesados en el entendimiento de la ciudad como una acumulación de hechos y vivencias, Acciones Comunes que dan sentido al espacio público y de las que todos los interesados podemos aprender estrategias de reflexión y acción para transformarlo y mejorarlo.

En el espacio público es donde resulta más patente la continuidad consustancial de la práctica artística y arquitectónica, interpretadas éstas como una acumulación de acciones definidas en un proyecto; a partir de aquí, el uso del espacio por parte de los ciudadanos completará la lista de términos. Es ésta la enumeración definitiva de acciones que incumben a la ciudad, aquella que recoge las distintas formas que tenemos de vivir el espacio y donde podemos identificar actuaciones que alteran el entorno urbano, como usos de materiales alternativos, ocupación de lugares insospechados, transformación del espacio mediante habitabilidades blandas o clasificaciones del suelo alternativas al planeamiento hegemónico.

Esta primera edición del curso acerca de las relaciones entre arte y arquitectura proponemos una rayuela, de filiación artística, y a la vez, propositiva y estratégica, la confección de diversas listas de acciones, definidas por los directores y el resto de ponentes e invitados (arquitectos, artistas, escritores, de sensibilidad contemporánea y urbana, y de gran relevancia en los ámbitos académicos, creativos e intelectuales) encauzada a través del conjunto de lecciones y debates, y también agregadas por los alumnos participantes a través de sus investigaciones en torno a la ciudad de Sevilla. A partir de ellas se producirá un conocimiento teórico y sobre todo aplicado, que deje como huella un catálogo difundible de acciones de transformación de nuestra ciudad, un glosario de Acciones Comunes a partir del cual ofrecer una posible lectura, y escritura, de la arquitectura y el espacio público en Sevilla.