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Gabriel Orozco. Isla dentro de la isla. |
Sorprende ver que muchos
liberales y progresistas funcionan en estética como verdaderos conservadores,
cuando no como auténticos reaccionarios. No ocultan su suspicacia ante
cualquier otra fórmula que no se atenga al canon tradicional de las Bellas
Artes. Lo que no puede ser –afirman– es que la manoseada posmodernidad proponga
como lema el “todo vale”, y que cualquiera pueda hacer una obra de arte. En el
fondo de esa actitud asoma la legítima desconfianza de la razón ilustrada
frente al Romanticismo y después frente a las Vanguardias. Muy en el fondo, es
la desconfianza de los apolíneos frente al retorno incesante de la
irracionalidad dionisíaca. Mi apología va a intentar demostrar que en gran
medida esa desconfianza (que les niega un conocimiento y un placer estético de
primera calidad) no tiene sentido hoy.
¿Cuál es el paisaje después de
las batallas? Resistente a los intentos de dinamitarlo, sigue en pie el sublime
palacio de las Bellas Artes, con todas sus estancias. Pero lo rodea un bosque
infinito, sin fronteras, sin géneros, sin jerarquías, llamado arte. Con una
minúscula que resulta menos pretenciosa y de mayor alcance. En esa minúscula
inmensa, ¿todo vale? Como propuesta, sí. Que otros decidan después. En
principio, ningún material, ningún formato, ninguna persona puede ser excluida
porque no se atenga a lo que hubo en el pasado. “Amo todas las formas y toda la
belleza”, escribió Nijinsky.
Para sustentar mi apología he
elegido a uno de los mejores artistas del siglo XX: Félix González-Torres,
norteamericano de origen cubano (1957-1966). Una de sus obras más bellas es una
instalación que consiste en dos relojes de pared, circulares y simples, como
los que se encuentran en cualquier oficina. Marcan la misma hora. Pasarían
desapercibidos, a no ser por algo raro, que los sustrae por exceso a su función
común: son dos y están juntos. Es Untitled
(PerfectLovers), de 1991. Son (eran) el artista y su compañero. Simbolizaba
la igualdad de sexo entre los dos enamorados, aunque eso era secundario, y
podían retratar a cualquier pareja de amantes perfectos. Lo importante es que,
por muy sincrónicos que fueran, nunca marcarían exactamente la misma hora. Y
sus pilas no se acabarían a la vez. Uno de ellos se detendría antes. Esa
instalación, tan simple, con materiales tan humildes, era y sigue siendo una
inmensa declaración de color, de amor y de ternura. Para colgar dos relojes
circulares en una pared habían tenido que pasar muchas cosas en la historia del
arte del siglo XX. Vanguardias, abstracto, arte povera, arte pop. Previamente,
una implicación tan grande del yo que sufre y que ama no podría haberse dado
sin el romanticismo. Pero la humanidad colmada del poeta (a estas alturas nadie
discutirá que ése es el nombre que merece este artista) está en la más pura
tradición clásica. ¿Cuál es el dolor que proclama? De manera general, el de la
muerte. En los relojes clásicos se leía (referido a las horas): “Todas hieren,
la última mata”. Ovidio en las Metamorfosis
narra cómo una pareja de amantes perfectos pidió a los dioses un solo deseo:
“Morir los dos a la vez”. González-Torres se angustiaba porque eso no fuera a
cumplirse. La instalación fue profética y sigue siendo elegíaca.
Imagino lo que alguno de estos
refractarios diría si viera varios montones de caramelos tirados en el suelo.
González-Torres logró en ellos unas cimas humildes del arte contemporáneo.
Varias de estas instalaciones son retratos: consisten en un número
indeterminado de caramelos, con el mismo peso de la persona retratada. Uno no
sabe si es mayor la belleza conceptual o la formal. En un rincón de una casa o
de un museo, uno puede encontrarse una pequeña montaña resplandeciente (azul,
blanca, plateada, o multicolor como una fiesta). Los envoltorios de celofán
tienen un cromatismo comparable al de las pinceladas o las teselas. En uno de
los retratos, cada envoltorio azul lleva escrita la palabra Pasión. El más logrado a mi juicio es Loverboy, de 1991, otro retrato del
artista y su amado, con su peso conjunto. ¿Es el grado máximo de abstracción o
el de concreción? Aquí el arte llega a unos extremos comunicativos que sólo se
habían conseguido en la comunión del rito católico. Aceptada la metáfora que
hace del montón de caramelos en un cuerpo (o dos cuerpos entrelazados de manera
casi molecular, por células, por partículas), el espectador deja de ser el que
mira. Puede tomar los caramelos, llevárselos y saborearlos. Corresponde a la
institución o al propietario reponer ese peso ideal. Las partículas físicas (de
color, sabor, peso y cuerpo) son metafóricas, átomos simbólicos que el artista
y el receptor manejan según sus preferencias, hasta el punto de hacerlos cuerpo
de su cuerpo. Hay otras instalaciones de caramelos a las que González-Torres
dio un significado político o moral, vinculado con reinvidicaciones homosexuales
o pacifistas. En los autorretratos en pareja el artista consiguió una
comunicación amorosa e íntima con las personas que se acercaban a su obra. Así
salvó las limitaciones que el sida le imponía. La obra de arte no sólo vence al
olvido y la muerte, sino que ya entonces venció a la enfermedad que marginaba
al artista. Algunos pondrán en cuestión esas victorias acusando, una vez más, a
las instalaciones de arte efímero, como si no hubiera existido el barroco y su
arquitecturas perecederas que pasaron dejando una memoria gloriosa. Cuando el
arte contemporáneo se abre a lo efímero, está ajustándose a la escala humana,
en el tiempo y en el espacio. En el arte clásico (en el que incluyo al
romántico) había una constante aspiración a lo sublime. Un montón de caramelos
son un material pobre. Vienen de un universo infantil. Que su semejanza con el
retratado se base en el peso es quizá demasiado corporal para los amantes del
intelecto puro. Acumular caramelos es un acto humilde. Por derivar de humus,
humilde es lo que está a ras de tierra. Félix González-Torres ponía estas
instalaciones directamente sobre el suelo. En el arte clásico había siempre un
punto pretencioso. “He levantado un monumento que durará más que el bronce”,
escribió Horacio. Aquí no hay bronce, ni granito, ni hormigón. Ni siquiera hay
estatuas y menos peana (como reivindicaba Álvaro García para su poesía en La Generación del 99).
Sería una pena que las formas más
recientes del arte contemporáneo se desgastaran en querellas que son de otros
siglos: antiguos contra modernos en el XVIII; románticos contra clásicos en el
XIX; vanguardia contra tradición; figurativo contra abstracto en el XX. De las
más recientes, sabemos que enmascaraban luchas por el poder o por el dinero,
dos valores que no son los del artista. Las otras han sido subsumidas en una
tradición común. Los retratos de caramelos, o los relojes, ¿son de arte
figurativo o abstracto? ¿Vanguardia o tradición? ¿Es clásico o romántico? Las
viejas preguntas han dejado de ser pertinentes. Es todo eso a la vez. El hombre
de letras, no puede cerrar sus ojos a estos lenguajes, como si no estuviera
adiestrado en el arte de la metáfora. Como en el Renacimiento, vivimos
asediados por emblemas morales, por enigmas, por conceptos. Eso son estos
caramelos, lleven o no inscrita la palabra pasión, y eso son los relojes. Es
una muestra del vigor de la tradición clásica. Una vez más hay que decir que en
arte tradición no significa conservadurismo. Un montón de caramelos en el
suelo, como retrato de una persona: ¿cualquiera puede hacerlo? Claro que sí.
Puede hacerlo cualquiera que sea capaz de realizar una operación metafórica de
esa envergadura. El oficio y la destreza para la que debe estar preparado un
artista es la metáfora. Lo sublime puede decirse mediante lo humilde, tampoco
eso es noticia (que Dios se hiciera niño y naciera en un pesebre fue el
fundamento teórico para que el cristianismo primitivo trastornara la literatura
y el arte clásicos, como ya demostró Auerbach).
Nada incomoda más a los aristócratas
y a los burgueses del arte que la aventura democrática de algunas propuestas
artísticas. Octavio Paz (el mejor Octavio Paz) dijo que en el universo sólo
existe una unión comparable a la que se da entre la metáfora y su objeto: la
que enlaza a los amantes en el abrazo absoluto. Cualquiera puede hacer una obra
de arte porque cualquiera es capaz de amar, así de simple. Y concluyo: en un
libro recién publicado, Nevada, encuentro un poema dedicado a la memoria de
Félix González-Torres. Es de Julián Rodríguez, un poeta joven, novelista y buen
conocedor de la estética. El poema se titula Futuro. Por algo será.
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